Por Juan Pinto | comunicARTE San Luis
Se llaman Keybin Palacios y Jonathan Angulo. Son colombianos, son afrodescendientes, y antes de ser jugadores del «Santo» fueron dos pibes que le pidieron a la vida una sola oportunidad. Esta es la nota que había que escribir.
Los nuevos del Santo
Jonathan Angulo — Delantero o volante ofensivo (10), nacido en Cali, Colombia. Rápido, fuerte en el uno contra uno, con buen pie y buena visión de juego.

Firmando su contrato profesional para Yupanqui
Keybin Palacios — Defensor central, nacido en el Bajo Baudó, Chocó, Colombia. Fuerte en el uno contra uno, rápido, poderoso en el juego aéreo, con buena salida jugando desde el fondo. Técnico, táctico, buen juego de pie, con pases largos y cortos precisos, y liderazgo dentro de la cancha.

La raíz: canchas de tierra y arcos de piedra
Keivin no aprendió a jugar en una escuela de fútbol. Aprendió en la calle, en Pie de Pepé, en pleno Bajo Baudó chocoano, en el barrio El Jardín. Ahí no había pasto sintético ni redes: «jugué en canchas de tierra, barro y los arcos eran con piedras o los armábamos con palos de madera», cuenta. Se sentaba a mirar jugar a los grandes del barrio porque no tuvo acceso a divisiones formativas, y de esa mirada atenta —dice él, entre el talento y la suerte— nació todo.

Jonathan tiene su propia raíz, tan humilde como sagrada: fue su papá quien le compró la primera pelota, el que le metió el fútbol en la sangre. Y fue su mamá la que nunca dudó, aunque en su casa hubiera que «ajustarse para llegar a fin de mes». Ella también, sin saberlo, dejó de comprarse cosas para bancarle el sueño a su hijo.
Ese es el primer gol de esta historia: el de dos familias que se sacaron el pan de la boca para que sus hijos persiguieran una pelota.
Lo que nadie vio: la cara oculta del sacrificio
Todos aplauden el gol. Nadie ve lo de atrás.
Keybintodavía carga con dos golpes del 2024: le sacaron un lugar que ya había ganado en las inferiores de un club de Primera para dárselo a otro jugador, y este año llegó una lesión que lo golpeó tan fuerte en lo mental como en el cuerpo. «Fue un momento que no tengo palabras para describirlo», dice. Y hay algo más grande todavía: el día que murió su abuela. Ahí, cuenta, pensó que se había terminado todo. Pero en ese mismo instante decidió lo contrario: «ella me va a estar viendo desde allá, tengo que cumplirle la promesa». No tenía fuerzas. La motivación se las devolvió.

Jonathan vivió su propio desierto: se le terminó el contrato en Yupanqui en medio de lo que él describe como una injusticia, y estuvo siete meses parado, solo, en un país que no era el suyo, sin equipo. Siete meses de entrenar sin saber para qué, de sostener una fe que nadie veía. Y sobre la piel, algo más: la pregunta incómoda que todo migrante africano o colombiano se hace afuera. Keybin la responde sin bajar la cabeza: «si en algún momento pasa, no me sentiré mal, porque estoy orgulloso de mí, de mi color de piel y de mi descendencia».

En los dos casos, cuando todo parecía cerrado, apareció una mano. Para Keybin fue su primo, Stiven Mosquera, que empezó a moverlo en redes hasta llegar a Francisco Vera y después a Carlos Gualpa, hoy su representante. Para Jonathan, la certeza de que «Dios siempre pone a alguien para nunca dejar de persistir».
Cruzar el charco: la valija que pesaba más que ropa
Ninguno de los dos vino a la Argentina por turismo. Vinieron a jugarse la vida.
Jonathan tenía otras opciones, pero Argentina fue la que más rápido y mejor se le dio. Sabía lo que dejaba: dejar todo, dice, «es un sacrificio que tarde o temprano tendrá su recompensa». Lo que más le duele haber dejado atrás no es un lugar, es su familia entera, las épocas del año, los momentos lindos. Keybin lo dice casi con las mismas palabras: «lo que más me duele de dejar es mi familia, lo son todo para mí».

Debut Profesional Yupanqui Primera C A.F.A
Y sin embargo, ninguno cruzó con miedo. Keybin lo tiene clarísimo: «no siento miedo nunca porque estoy siempre con Dios donde voy, además no soy una mala persona, entonces no hay a qué temer». Jonathan llegó a Merlo solo, sin conocer a nadie, y en vez de asustarse, se aferró a una convicción: «si Dios me puso aquí es por un propósito, así que puse todo en sus manos y no tuve miedo».
San Martín de Merlo: el ahora
De San Martín no sabían casi nada antes de llegar. Jonathan se metió a mirar el Instagram del club y lo que encontró le alcanzó: «linda gente, son los más grandes de la zona». Keybin llegó con una frase honesta, sin vueltas: le dijeron que era un lindo club, una linda oportunidad, y así la tomó.
Cuando se pusieron la camiseta por primera vez, la emoción no fue impostada. Jonathan lo resume en una sola palabra: emoción. Y agrega algo que vale más que cualquier discurso: «sentí que tengo que venir a aportar mi grano de arena para ir por todo».
A la gente que va a ir con frío el domingo a la cancha, sin saber siquiera de dónde vienen estos dos, les prometen lo único que de verdad importa: trabajo. «Le prometo mi sacrificio y mi aporte con mis cualidades para que en lo grupal nos veamos bien todos», dice Jonathan.

Keybin en 2024- Boyacá Chicó sub 20
Keybin, con la ambición intacta a pesar de todo lo vivido, no promete: asegura que va a competir desde el día uno para ganar, que es lo que siempre se quiere.
¿Están listos para el Regional Amateur, esa mezcla de guerra, potrero y barro? Los dos vienen de jugar, literalmente, sobre barro de verdad. No hay torneo que los asuste.
El corazón de la historia
Si hoy tuvieran enfrente a ese nene de ocho años jugando descalzo en Colombia, ¿qué le dirían?
Jonathan no duda: «que disfrute el proceso, y mucha responsabilidad». Keybin le hablaría de resistencia: «que se sienta orgulloso de todo lo que está viviendo, porque a pesar de que no fue fácil, Dios lo acompañó en el camino e hizo realidad muchas cosas que antes decía algún día».
¿A quién le dedican este paso por San Martín? Los dos respondieron sin pensarlo dos veces, y los dos empezaron por el mismo nombre: Dios, y después sus madres. Jonathan lo dedica «primeramente a Dios, a mi mamá y a mi papá, y a mi representante, que siempre están para mí en los buenos y malos momentos». Keybin es aún más filoso: dice que a su mamá se lo debe todo, y que después de todo lo que pasó, se siente merecedor de lo bueno que la vida le está por dar.
¿Y el sueño, el de verdad, el que no se dice para quedar bien? Keybin cierra los ojos y no ve solo un ascenso: ve a su madre sintiendo que valió la pena. «Más que ascender, sueño con debutar en Primera División y que mi mamá sienta la satisfacción de que sí valió la pena, y se sienta orgullosa de su hijo. Yo me encargaré de que eso pase.»
El titular que se escribe solo
Se lo pedimos a los dos, la misma consigna: terminá la frase «Yo vine a San Martín de Merlo a…»
Keybin respondió con una palabra que pesa como una promesa: «…por el ascenso.»
Jonathan la completó con el corazón abierto: «…a aportar mi grano de arena, mi experiencia y muchos goles y alegrías para todos.»
Uno del Pacífico chocoano, otro de las calles de Cali. Dos historias forjadas en tierra, barro y fe. Dos familias que se sacrificaron para que sus hijos llegaran hasta acá. Hoy visten la camiseta del Santo de Merlo, y este domingo, cuando salten a la cancha, no van a estar jugando solos: atrás van a tener a sus abuelas, a sus madres, a sus barrios de infancia y a todo un pueblo colombiano que los vio partir con una valija liviana en ropa y pesadísima en sueños.
San Martín de Merlo no solo sumó dos jugadores. Sumó dos historias de resistencia que ya son, desde hoy, parte de la nuestra.
#VamosSanMartín
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